El régimen político y la cuestión del conflicto
En el caso de Moro es más fácil comenzar hablando del régimen que desaprueba. En ningún momento de su obra él dice textualmente a qué tipo de régimen se opone, pero primero deja entrever constantemente sus críticas a la sociedad inglesa del siglo XVI y su sistema de gobierno. Él veía que la causa fundamental de conflicto, desencadenante de otras múltiples problemáticas, era la propiedad privada y el régimen que se erigía sobre éste.
Moro describe y prescribe una sociedad, radicalmente distinta a la suya, enumeran
do las características de esta república ideal, entre ellas: la distribución geográfica de sus ciudades, sus costumbres, forma de vida, religión, en qué se basa su economía; lo que no está muy detallado por el autor es la constitución política de Utopía, limitándose a simples descripciones de cómo se eligen las autoridades y sin ahondar en sus funciones y atribuciones, que, ciertamente, se hacen difíciles de imaginar teniendo en cuenta que en la sociedad utópica no existe el conflicto. Ningún detalle, por mínimo que pareciere, sobre la isla de Utopía mencionado en el libro segundo, es casual; cada uno está conciensudamente pensado por Moro y tiene una finalidad y funcionalidad social: erradicar el conflicto, evitar su surgimiento. Para aclarar mejor esto: Moro en su sociedad real, en la que vivió, observó que el principal eje de conflicto de los problemas que estaban atravesando a Inglaterra era la propiedad privada. Con este libro no busca la forma de solucionarlo, directamente funda un país (ideal) en el que el conflicto ni exista. En Utopía no hay transcurso del tiempo, porque no hay conflicto –ni posibilidad de que lo haya– y tampoco cambio. Por consiguiente surge el interrogante sobre la relevancia del régimen político ya que no hay conflicto que administrar ni relación entre gobernantes y gobernados. A demás, en Utopía había una gran igualdad entre sus ciudadanos y, como bien lo analiza Morton en el libro La filosofía política clásica, si bien había una cierta jerarquía en Utopía con respecto a los magistrados, estos no tenían privilegios ni sostenían relaciones de explotación o dominación "contra" el pueblo.
Es por esto que aquí el régimen político pierde identidad, así podríamos calificarlo como régimen de la nimiedad, aunque si nos atuviéramos a la manera en que se eligen los magistrados
también podríamos llamarlo monarquía electiva (porque hay un príncipe elegido indirectamente por los Sifograntes –éstos sí, elegidos directamente por el pueblo–).
En el caso de Moro es más fácil comenzar hablando del régimen que desaprueba. En ningún momento de su obra él dice textualmente a qué tipo de régimen se opone, pero primero deja entrever constantemente sus críticas a la sociedad inglesa del siglo XVI y su sistema de gobierno. Él veía que la causa fundamental de conflicto, desencadenante de otras múltiples problemáticas, era la propiedad privada y el régimen que se erigía sobre éste.
Moro describe y prescribe una sociedad, radicalmente distinta a la suya, enumeran
do las características de esta república ideal, entre ellas: la distribución geográfica de sus ciudades, sus costumbres, forma de vida, religión, en qué se basa su economía; lo que no está muy detallado por el autor es la constitución política de Utopía, limitándose a simples descripciones de cómo se eligen las autoridades y sin ahondar en sus funciones y atribuciones, que, ciertamente, se hacen difíciles de imaginar teniendo en cuenta que en la sociedad utópica no existe el conflicto. Ningún detalle, por mínimo que pareciere, sobre la isla de Utopía mencionado en el libro segundo, es casual; cada uno está conciensudamente pensado por Moro y tiene una finalidad y funcionalidad social: erradicar el conflicto, evitar su surgimiento. Para aclarar mejor esto: Moro en su sociedad real, en la que vivió, observó que el principal eje de conflicto de los problemas que estaban atravesando a Inglaterra era la propiedad privada. Con este libro no busca la forma de solucionarlo, directamente funda un país (ideal) en el que el conflicto ni exista. En Utopía no hay transcurso del tiempo, porque no hay conflicto –ni posibilidad de que lo haya– y tampoco cambio. Por consiguiente surge el interrogante sobre la relevancia del régimen político ya que no hay conflicto que administrar ni relación entre gobernantes y gobernados. A demás, en Utopía había una gran igualdad entre sus ciudadanos y, como bien lo analiza Morton en el libro La filosofía política clásica, si bien había una cierta jerarquía en Utopía con respecto a los magistrados, estos no tenían privilegios ni sostenían relaciones de explotación o dominación "contra" el pueblo.Es por esto que aquí el régimen político pierde identidad, así podríamos calificarlo como régimen de la nimiedad, aunque si nos atuviéramos a la manera en que se eligen los magistrados
también podríamos llamarlo monarquía electiva (porque hay un príncipe elegido indirectamente por los Sifograntes –éstos sí, elegidos directamente por el pueblo–).La autoridad secular, llamada así por Lutero para diferenciarla de la autoridad divina, tiene como función primordial "castigar a los malos y proteger a los buenos", crear la paz exteriormente (interiormente la llevan los verdaderos cristianos) e impedir las malas obras, de quienes no son cristianos. Es decir, que en su óptica el motor de conflicto es la existencia de no cristianos, que son hombres malos. La autoridad política tiene una función material y ésa es su competencia exclusiva; no puede gobernar sobre asuntos que no le competen –las almas– así como ni la iglesia ni el campesinado deberían inmiscuirse (pero de hecho lo hacen) en el poder de castigar la maldad que tiene el poder secular, estatuido por Dios. En sus Escritos políticos critica justamente estas dos acciones: que la iglesia cristiana "gobierne externamente palacios y ciudades" (que se tome atribuciones materiales, sobre el cuerpo y los bienes) cuando su competencia es "gobernar las almas interiormente con la palabra de Dios"; y que el campesinado, al levantarse violentamente ante la opresión, castigue la maldad, competencia exclusiva de la autoridad secular.
De esta manera, Lutero está defendiendo la autoridad de la nobleza cristiana de la nación alemana y el régimen absolutista que reinaba entonces. Pero, de todas maneras, no resigna a una pretensión ideal: que el príncipe gobierne cristianamente, ateniéndose únicamente a Dios (no debe confiar en los consejos de nadie más), pensando en el bien común de sus súbditos. Y el régimen que él vitupera es todo aquél en el cual se den las situaciones más arriba mencionadas: que los campesinos castiguen la maldad (atribución específica y única del poder y la espada secular) –lo que sería el "germen" de un posible gobierno popular– y que los sacerdotes gobiernen sobre lo material, pues así, en palabras de Lutero, se estaría colocando al "diablo en la tierra".
El régimen que defiende Maquiavelo es, la república. En sus Discursos él dice que la mayoría de los regímenes tienen un defecto: que al no poder contener el conflicto entre
las dos partes fundamentales de toda ciudad –los grandes y el pueblo– éstos se corrompen y desvirtúan fácilmente.
Esto no sucede tan fácilmente en la república, que es un régimen en el cual "se mezclan el principado, la aristocracia y el gobierno popular" (las tres clases de gobierno que existen en su tipología –sin mencionar sus correspondientes desviaciones–) y es, además, el más virtuoso, firme y estable, ya que al contener en sus ordenamientos –al tener institucionalizado– el conflicto entre los grandes y el pueblo, y al no quedar ninguna de estas partes fuera del sistema de gobierno ya que todas participan en él, es capaz de prever en sus leyes toda tentativa de subvertir o corromper la libertad pública y el bien común. Así "todas las leyes que se hacen en pro de la libertad nacen de la desunión entre ambos (los nobles y el pueblo)". De cualquier forma, Maquiavelo hace notar que la libertad estará mejor resguardada en el pueblo, que no siente deseos de dominar –a diferencia de los nobles– sino tan sólo de no ser oprimidos y por ello resalta la importancia de que estén incluidos en el régimen, que de hecho en la república, lo están.
De ésta manera, Maquiavelo defiende el régimen republicano por su capacidad de contener el conflicto mencionado, menospreciando todos los otros regímenes, ya que por no poder contener este esencial conflicto degeneran rápidamente en regímenes perversos, corruptos.
La justificación de la existencia de la autoridad política
Las argumentaciones a las que recurre, en primer lugar, Lutero, para justificar la existencia de la autoridad política fueron brevemente mencionadas en el punto anterior. Fundamentalmente, la legitimidad de la autoridad secular –como él la llama– es descendente, es decir, de origen Divino. El poder secular existe, entonces, por voluntad de Dios para impedir la maldad externamente.
La función de la autoridad política es de tipo material. Está en la tierra para castigar la maldad; para garantizar la paz. La ley está dada para los no cristianos que –a diferencia de quienes son verdaderamente cristianos– no tienen adentro de sus almas paz, bondad, ni son justos; son hombres malos que deben ser coaccionados, forzados por la espada secular para no cometer delitos. Quienes son cristianos no necesitan de la autoridad secular, pero se someten a ella por amor al prójimo y el prójimo, en efecto, necesita de este gobierno. Las atribuciones de la autoridad secular se limitan a lo material, a los cuerpos y los bienes; no puede ordenar a las almas, es decir, no puede obligar, por ejemplo, a creer.
En Maquiavelo vemos invertido el principio de legitimidad de la autoridad. Ésta es, así, de tipo ascendente. Son los hombres quienes deciden reunirse en ciudades "para habitar juntos en un lugar elegido por ellos donde la vida sea más cómoda y la defensa más fácil" y son los hombres quienes eligen sus autoridades (en una república) o, en caso que se trate de un principado, son ellos mismos quienes, en última instancia, deciden seguir apoyándolo o no. Es justamente por esto que Maquiavelo en El Príncipe resalta la importancia de ganarse el favor popular y describe tantas maneras para los príncipes de obtenerlo.
La autoridad política existe porque existe el conflicto que, como también ya dijimos, éste es entre la nobleza y la plebe. Según de qué régimen se trate, éste se articulará de distinta manera, estando, por ejemplo, en el caso de una aristocracia, el poder en manos de la nobleza, quedando así excluido el pueblo de toda participación política. Al respecto afirma Eduardo Grüner:
..."hacer política no tiene un cuerno que ver con la búsqueda del Interés General y mucho con la decisión de a quién, (...) a qué grupos se va a beneficiar y a quién se va a perjudicar".
Maquiavelo elige la república como la mejor forma porque es la única que incorpora en el dispositivo de gobierno a todas las partes de la ciudad; de esta manera queda el conflicto institucionalizado y la igualdad y la libertad común aseguradas.
Para Maquiavelo es fundamental que la autoridad política conserve su autonomía de decisión sobre los asuntos públicos; de ahí la importancia del consenso popular, de contar con un ejército propio, de establecer fronteras bien trazadas y, en fin, de todo aquello que contribuya al mantenimiento del orden.
De esta manera, Lutero está defendiendo la autoridad de la nobleza cristiana de la nación alemana y el régimen absolutista que reinaba entonces. Pero, de todas maneras, no resigna a una pretensión ideal: que el príncipe gobierne cristianamente, ateniéndose únicamente a Dios (no debe confiar en los consejos de nadie más), pensando en el bien común de sus súbditos. Y el régimen que él vitupera es todo aquél en el cual se den las situaciones más arriba mencionadas: que los campesinos castiguen la maldad (atribución específica y única del poder y la espada secular) –lo que sería el "germen" de un posible gobierno popular– y que los sacerdotes gobiernen sobre lo material, pues así, en palabras de Lutero, se estaría colocando al "diablo en la tierra".
El régimen que defiende Maquiavelo es, la república. En sus Discursos él dice que la mayoría de los regímenes tienen un defecto: que al no poder contener el conflicto entre
las dos partes fundamentales de toda ciudad –los grandes y el pueblo– éstos se corrompen y desvirtúan fácilmente.Esto no sucede tan fácilmente en la república, que es un régimen en el cual "se mezclan el principado, la aristocracia y el gobierno popular" (las tres clases de gobierno que existen en su tipología –sin mencionar sus correspondientes desviaciones–) y es, además, el más virtuoso, firme y estable, ya que al contener en sus ordenamientos –al tener institucionalizado– el conflicto entre los grandes y el pueblo, y al no quedar ninguna de estas partes fuera del sistema de gobierno ya que todas participan en él, es capaz de prever en sus leyes toda tentativa de subvertir o corromper la libertad pública y el bien común. Así "todas las leyes que se hacen en pro de la libertad nacen de la desunión entre ambos (los nobles y el pueblo)". De cualquier forma, Maquiavelo hace notar que la libertad estará mejor resguardada en el pueblo, que no siente deseos de dominar –a diferencia de los nobles– sino tan sólo de no ser oprimidos y por ello resalta la importancia de que estén incluidos en el régimen, que de hecho en la república, lo están.
De ésta manera, Maquiavelo defiende el régimen republicano por su capacidad de contener el conflicto mencionado, menospreciando todos los otros regímenes, ya que por no poder contener este esencial conflicto degeneran rápidamente en regímenes perversos, corruptos.
La justificación de la existencia de la autoridad política
Las argumentaciones a las que recurre, en primer lugar, Lutero, para justificar la existencia de la autoridad política fueron brevemente mencionadas en el punto anterior. Fundamentalmente, la legitimidad de la autoridad secular –como él la llama– es descendente, es decir, de origen Divino. El poder secular existe, entonces, por voluntad de Dios para impedir la maldad externamente.
La función de la autoridad política es de tipo material. Está en la tierra para castigar la maldad; para garantizar la paz. La ley está dada para los no cristianos que –a diferencia de quienes son verdaderamente cristianos– no tienen adentro de sus almas paz, bondad, ni son justos; son hombres malos que deben ser coaccionados, forzados por la espada secular para no cometer delitos. Quienes son cristianos no necesitan de la autoridad secular, pero se someten a ella por amor al prójimo y el prójimo, en efecto, necesita de este gobierno. Las atribuciones de la autoridad secular se limitan a lo material, a los cuerpos y los bienes; no puede ordenar a las almas, es decir, no puede obligar, por ejemplo, a creer.
En Maquiavelo vemos invertido el principio de legitimidad de la autoridad. Ésta es, así, de tipo ascendente. Son los hombres quienes deciden reunirse en ciudades "para habitar juntos en un lugar elegido por ellos donde la vida sea más cómoda y la defensa más fácil" y son los hombres quienes eligen sus autoridades (en una república) o, en caso que se trate de un principado, son ellos mismos quienes, en última instancia, deciden seguir apoyándolo o no. Es justamente por esto que Maquiavelo en El Príncipe resalta la importancia de ganarse el favor popular y describe tantas maneras para los príncipes de obtenerlo.
La autoridad política existe porque existe el conflicto que, como también ya dijimos, éste es entre la nobleza y la plebe. Según de qué régimen se trate, éste se articulará de distinta manera, estando, por ejemplo, en el caso de una aristocracia, el poder en manos de la nobleza, quedando así excluido el pueblo de toda participación política. Al respecto afirma Eduardo Grüner:
..."hacer política no tiene un cuerno que ver con la búsqueda del Interés General y mucho con la decisión de a quién, (...) a qué grupos se va a beneficiar y a quién se va a perjudicar".
Maquiavelo elige la república como la mejor forma porque es la única que incorpora en el dispositivo de gobierno a todas las partes de la ciudad; de esta manera queda el conflicto institucionalizado y la igualdad y la libertad común aseguradas.
Para Maquiavelo es fundamental que la autoridad política conserve su autonomía de decisión sobre los asuntos públicos; de ahí la importancia del consenso popular, de contar con un ejército propio, de establecer fronteras bien trazadas y, en fin, de todo aquello que contribuya al mantenimiento del orden.
